miércoles, 23 de enero de 2019

Desempleo y Emociones


Hace ya bastante tiempo que quería escribir un post acerca de este curioso “tándem”. En primer lugar, porque como psicóloga y coach, el mundo emocional de las personas me despierta gran interés. Por otra parte, porque he vivido mi propia experiencia, me he encontrado con numerosos los casos, he mantenido conversaciones con amigos y clientes en las que el desempleo era el tema principal y he observado cómo las emociones que lo acompañaban generaban un importante impacto negativo en sus vidas tanto a nivel psicológico como físico que les impedía avanzar.


A parte de que carecer de ingresos nos afecta económica y socialmente, creer que las circunstancias superan la propia capacidad de respuesta, que se escapan de nuestro control o que los recursos personales que poseemos son insuficientes para hacer frente al reto de abordar una nueva (o primera) aventura laboral, provoca que las expectativas de autoeficacia, de sentirnos competentes y válidos, incluso el nivel de autoestima, se reduzcan de forma drástica. Para colmo, empezamos a desestimar nuestras fortalezas y apoyos, aumentando así la impresión de que nos enfrentamos a “una contrarreloj en puerto de montaña”. Y es que la travesía del desempleo a veces se nos torna una dura triatlón en la que se hace necesario fortalecer nuestra parte emocional, porque no solo deberemos (re)dirigirnos hacia una nueva meta, sino que será imprescindible volver a calzarnos nuestras “zapatillas” curriculares, entrenarnos para competir en diferentes procesos selectivos o apostar por emprender un negocio “nadando” en un mar de dudas. Al mismo tiempo, también tendremos que vencernos a nosotros mismos. Vencer el desaliento, la pereza, la falta de confianza, el cansancio, la soledad, la desorientación… Y nuestros límites. Aparecerán la ira, el miedo y la tristeza. ¿Cómo podemos prepararnos para gestionar todo esto?

Es más que probable que en casa no aprendiésemos la forma adecuada de lidiar con nuestro mundo emocional, tal vez porque nuestros padres se encontrasen igual de perdidos. Por su parte, el sistema educativo, en cualquiera de sus niveles, tampoco se ocupó de instruirnos en esta competencia para la vida que es la Inteligencia Emocional. Por lo tanto, es evidente que tocará comenzar a trabajarla cuanto antes, y darnos cuenta de ello es el primer paso. Una vez que somos conscientes de la necesidad de nombrar, entender y mejorar nuestras respuestas emocionales ante la circunstancias podremos elegir qué hacer con aquello que sentimos y ponerlo a trabajar a nuestro favor. Pese a que tendemos a calificar dichas emociones como negativas, ello no deja de ser una interpretación subjetiva acerca de cómo las experimentamos (nos agradan o nos desagradan), significado que no se corresponde con su principal cometido que es el de informarnos. En ocasiones tratamos de ocultarlas, negarlas o camuflarlas pero —de hecho— seguirán acompañándonos, llegando incluso a transformarse en un estado de ánimo. Si permitimos eso, entonces teñirán con su matiz todo lo que pensemos, digamos y hagamos, de modo que lo más inteligente es prestar atención a su mensaje y tomar medidas. Si no sabes, busca ayuda.

Si la situación de desempleo te causa enfado, miedo y/o tristeza es preciso reflexionar sobre varios aspectos: qué está provocando esa emoción y qué información transmite, cuál es la acción o acciones que estas dispuesto/a a realizar para responder de forma apropiada de cara a lograr el objetivo marcado y cual será finalmente tu decisión al respecto. ¡Ojo, que no decidir también es una decisión!

Y tú, ante el desempleo, ¿empleas bien tus emociones?




viernes, 6 de julio de 2018

Como los girasoles


Observar la naturaleza siempre nos regala valiosos aprendizajes, pero claro, casi nunca tenemos tiempo para detenernos a admirar los “milagros” que suceden a nuestro alrededor. Otras veces no es cuestión de tiempo, es cuestión de prestar atención, de ser curiosos y de hacerse preguntas. Nuevas preguntas que busquen la luz del conocimiento como el pincel de Van Gogh experimentando con el color de sus girasoles. Cuestiones que despierten la curiosidad por adentrarnos en la propia naturaleza humana.

Tal vez el genio neerlandés hizo un gran descubrimiento, y no me refiero solamente al misterioso pigmento compuesto de cromato de plomo cuyo color variaba por descomposición del amarillo vivo a un tono pardo verdoso, sino a la forma en que podía expresar en su lienzo el paso del tiempo y las emociones compartidas. ¿Y si en realidad sus cuadros de girasoles representasen el verdadero “autorretrato psicológico” del artista? Creo que todos alguna vez nos hemos planteado, si fuese un animal sería…, si fuese un color sería…, y si fuese una flor o un instrumento sería… Si aún no lo has hecho, prueba a imaginarlo y después pregúntate a qué se debe esa elección. ¿Casualidad? O quizás dicha elección responde a alguna característica concreta que creemos que tenemos en común con el objeto elegido. ¿Te animas a averiguarlo?

Pero curiosamente el pintor no dibujó un único girasol; siempre creó girasoles “en compañía”, diferentes pero iguales. Y juntos. Tal vez no trataba solo de plasmar con una ilustrativa metáfora su propia imagen, sino su necesidad de compañía para vencer el sentimiento de soledad; o su anhelo de construir al lado de otros “una gran obra”, utilizando para ello lo que veía y le inspiraba en los campos de la ciudad francesa de Arlés… Y por qué no, lo que despertaban en él aquellas “pupilas fijas” de iris dorado que, a su vez, también le observaban desde sus lienzos. Es posible que se percatase de cómo estas luminosas flores silvestres se comportaban en su medio natural, dónde no solo seguían al Sol en su trayectoria, además convivían en perfecta armonía a pesar de rivalizar por un recurso común. Qué difícil aplicar esto a nuestro mundo humano, ¿verdad? ¿O no? Competimos por tener más que otros; en lugar de trabajar por aquello que realmente precisamos. Competimos por llegar a la cima; aunque escalemos sobre “cabezas”. Competimos por llevar la “voz cantante” sin aprender a escuchar la “música” que los demás están tocando… Sin calibrar a veces ni lo que nos jugamos ni para qué; competimos. ¿Y qué me dices de la devoción por la belleza de la juventud? El autor no olvidó las posibilidades ocultas del girasol pardo. Porque donde algunos sólo ven el impacto del tiempo, la pérdida del color y el brillo exterior que antaño les infundía gran hermosura, otros perciben la transformación; la necesaria madurez que ofrece un rico fruto capaz de hacer perdurar su inigualable esencia.

Ser como los girasoles nos enseña a mirar a los ojos con la intención de descubrir otros “soles ocultos” tras los nubarrones. Sirve para comprender que si buscamos sabiduría no importa quién se coloque delante; seremos hábiles para esquivar la sombra y compartir para multiplicar nuestra riqueza interior. Y nos permite continuar hacia nuestras metas más allá de nosotros mismos “avistando el Este”, dispuestos a adivinar ilusionantes y cálidas madrugadas que coloreen el momento oportuno de brindar un “nutritivo” legado.
Y tú, ¿cómo eres?





miércoles, 23 de mayo de 2018

Equilibrio


Día y noche. Sueño y vigilia. Orden y caos. Sonido y silencio. Arriba y abajo. Razón y emoción. Sístole y diástole… El equilibrio necesita de la existencia de dos puntos contrapuestos que compensen mutuamente sus fuerzas. De lo contrario, uno de ellos vencería en la balanza y dicho equilibrio dejaría de existir. Dado que la vida es por definición cambio constante, sería un sinsentido considerar su equilibrio como algo inmóvil por lo que es necesario referirnos a un equilibrio dinámico. El problema es que muchas veces nos empeñamos en que el estado de equilibrio vital signifique inmutabilidad y ello conlleva que, a veces, no nos permitamos experimentar de forma saludable las emociones que nos despierta una determinada situación y tratemos de enmascararla, ocultarla o darle salida de una forma inadecuada y perjudicial para la salud física y/o mental. Todo ello porque entendemos que si dejamos que la emoción aflore perderemos, de alguna manera, nuestro ansiado equilibrio.

Equivocadamente tendemos a creer que una persona equilibrada es aquella que no se perturba por nada; la que ante cualquier acontecimiento por inesperado, amenazante o penoso que sea, permanece estática, inalterable. Nada más lejos de la realidad, en ese caso las emociones no estarían cumpliendo correctamente su función que no es otra que informarnos y proporcionar la energía para movilizarnos a favor de la preservación de nuestra existencia. Por lo tanto, más que de inmutabilidad, inmovilidad o parsimonia debemos entender que una persona equilibrada es aquella que aprende a desarrollar, cada vez con mayor velocidad e inteligencia, su capacidad de observación, de conocimiento sobre ella misma y de mantenimiento de una distancia adecuada con las circunstancias que la rodean con el objetivo de poder otorgarse el tiempo necesario para interpretar las emociones que se van generando y de extraer la información útil que éstas le transmiten. Así, sin duda, los cauces de acción que se tomen a continuación serán mucho más acertados ya que no se limitarán a una simple reacción, sino que contendrán el matiz preciso que supone evaluar posibles respuestas y elegir la más idónea valorando sus posibles consecuencias; tanto para uno mismo como para otros o para la relación entre ambos.

Desarrollar esta “musculatura” emocional no consiste en mantenernos impasibles frente a los sucesos sino que persigue otorgarnos la flexibilidad necesaria para recuperar cuanto antes el estado de bienestar psicológico y físico que nos proporciona la paz interior, la experiencia de sentir el equilibrio. Es por ello que este “entrenamiento” requiere —para mejorar nuestros recursos personales— que nos enfrentemos a la incomodidad que nos puede llegar a generar determinadas circunstancias desde una posición de aprendizaje. Será esa sensación de “no estar a gusto” el principal estímulo o señal que deberemos aprender a percibir de forma rápida para comenzar a evaluar, seleccionar la información más valiosa y tomar las medidas oportunas que nos proporcionen un nuevo “reajuste” que únicamente se mantendrá —como la vida que avanza— hasta que se produzca el siguiente cambio. Constante.

Y tú, ¿cómo entrenas el arte de equilibrarte?


jueves, 3 de mayo de 2018

La fórmula del éxito


Hay quién se deja la piel y la vida por conseguirlo. Hay quienes lo persiguen como al Santo Grial. Hay quién lo consigue sin importarle los medios. Y hay, hasta quienes  lo anteponen a todo lo demás. Para tener más… Y, ¿para qué queremos más? 

Nos esforzamos por encontrar la clave secreta, aquella que sólo parecen conocer los alquimistas y que es capaz de convertir el plomo en oro. Y si es rápido, mejor. Aunque “lo mejor” casi nunca llega rápido. Pensamos que hemos alcanzado el éxito si obtenemos reconocimiento, dinero, posición social, aplausos. Pero, ¿y si estuviésemos buscando la fórmula equivocada? Al fin y al cabo, ¿qué es tener éxito? Y, ¿cómo estar seguros de que cuando se tiene éxito no es ese éxito el que “nos tiene” a nosotros?

Es probable que pienses, a primer golpe de vista, que estas preguntas pueden hacer tambalear las creencias acerca de lo que consideramos como una persona o un negocio exitoso. Y, sí, esa es precisamente su función. Cuestionar lo que nos han dicho que es el éxito es importante para averiguar si eso es lo que realmente estamos anhelando. Según las buenas recetas, cada ingrediente cuenta. Tiene su medida y su tiempo de cocción si nos afanamos por elaborar un plato exquisito saludablemente equilibrado que no sólo sacie nuestra hambre, sino que también nos aporte verdaderos nutrientes que nos hagan sentir y estar bien. En cambio, si nuestro plato —aunque sabroso y atractivo— está carente de verdadero alimento y lleno de calorías vacías que no nos aportan nada útil, a la larga perjudicará nuestra salud física y también psicológica. Por eso, tal vez el éxito junto con su fórmula, se nos quedan cortos; quizás porque solo “calman el hambre y colman los sentidos”. Pero del resto se olvida…pretendiendo que el éxito nos regale lo que sólo el logro puede darnos: desarrollo personal de nuestras propias capacidades y contribución social. En otras palabras, no es igual “un plato grande que un gran plato”, ni es lo mismo una vida de éxito que una vida lograda. Entonces, si es esta última la que ansiamos, deberemos aspirar, antes que a la notoriedad como fin, a la calidad de nuestros actos. Indudablemente ello requiere de un autoliderazgo disciplinado, dirigido a la excelencia y enfocado hacia uno mismo, capaz de llegar a “resonar” e incluso inspirar a los demás. En los negocios y en la vida. Porque —recordemos— vivimos y trabajamos con personas y para personas.

En resumidas cuentas, la verdadera fórmula magistral para lograr una vida plena, satisfactoria y que nos proporcione bienestar, pasa por mejorarnos como seres humanos —personas y profesionales— con objeto de aportar esa excelencia a todo aquel que la requiera, sin dejar de renovarnos. Por lo tanto, la “incógnita alquímica” que trasforma nuestros “plomos” o carencias en “oro”, y que nos permite brillar para poder compartir esa luz, está siempre más cerca de lo que pensamos; no se trata de tener más… porque seremos “esclavos” encerrados en una prisión sin barrotes. Se trata de apostar por ser mejor, de generar la actitud de trabajar con esmero “desde dentro hacia afuera” para hacer visible y valorable “lo valioso”.

Y tú, ¿qué fórmula eliges?




viernes, 23 de marzo de 2018

Encontrarse perdid@


Puede parecer una paradoja pero “encontrarse perdido” ya es una forma de descubrir, de reunirse con uno mismo y comenzar a tomar consciencia sobre en qué punto de la vida estamos y si es dónde realmente queremos estar. Reconocer que nos hemos perdido no es una tarea grata y buscar de nuevo la senda no es lo más complicado: saber a dónde ir será, a veces, el principal obstáculo que debemos sortear cuando nuestra “visión de lejos” es borrosa.

Atrapados en un trabajo sin sentido o en una relación sin futuro o en una situación que se nos torna oscura y dónde percibimos que no podemos ver más allá de dos pasos por delante, nuestro sentido de la orientación se difumina. ¿Qué hacer? Nos limitamos a mantener el paso a velocidad constante y a tratar de capear el malestar anímico (a veces también físico) que nos genera la falta de dirección. De sentido de la vida. Pero… podemos hacerlo mejor.

Y es que toda vida necesita de un propósito, de un sentido, de un para qué. Es posible que aún no te lo hayas planteado o que siempre lo hayas tenido claro. Aun así, puede suceder que en determinadas etapas vitales, sientas que vas sin rumbo definido. En tal caso, ¿qué hace que nos perdamos? ¿Qué nos puede producir esa “miopía mental”? Las causas pueden ser diversas. Es posible que lo que hayamos estado realizando hasta el momento no nos proporcione los resultados esperados y como consecuencia nos frustremos, comencemos a perder la confianza en las propias capacidades, habilidades, y lo que es aún peor, en nosotros como persona válida para afrontar con éxito los retos. Esto suele suceder con bastante frecuencia cuando el trabajo que realizamos deja de parecernos atractivo y nos genera malestar, bien porque sentimos que se ha vuelto mecánico o bien porque no llegamos a ver la relevancia que tiene nuestro papel en todo el sistema. Ocurre igual ante situaciones donde percibimos que hemos perdido nuestro rol dentro de la sociedad; como es el caso del desempleo o la jubilación. Es curiosa la cantidad de veces que nos quejamos de no tener tiempo, pero cuando lo tenemos en exceso, no saber qué hacer con él, a la larga, va creándonos emociones y sentimientos que no hacen sino empeorar la imagen que tenemos sobre nosotros, afectando de forma negativa a la autoestima y autoeficacia personal. También los intentos infructuosos por salvar una relación dañada o continuar en la búsqueda de una nueva nos hace replantearnos si, tal vez nos habremos equivocado... Si tomar medidas para cambiar las circunstancias merecerá el esfuerzo. 

Sin duda, dar “un norte” a nuestra existencia exigirá, por nuestra parte, de una reflexión profunda que nos resitúe y nos lleve a indagar sobre las necesidades que estamos dejando sin cubrir. Y, ojo, que hablo de necesidades, no de deseos ni caprichos, sino de aquello que es menester para la conservación de la vida, cuyo propósito es ser vivida... Respirar; no solo aire, también paz. Descansar; no solo dormir, también soñar. Alimentar; no solo del cuerpo, también el alma. Desechar; no solo materia, también pensamientos. Cuidar; no solo tu hacer, también tu ser. Ganar; no solo dinero, también el valor de lo creado. Amar; no solo a los demás, también a ti mismo/a con amable aceptación. Dar; no solo recibir, también entregar primero.

Y tú, ¿Qué tal te encuentras?










jueves, 1 de febrero de 2018

Déjate en paz

Decía la Madre Teresa de Calcuta que “la paz comienza con una sonrisa”. Y es que cuando alguien nos sonríe de forma sincera, nuestras defensas caen rendidas. No sabemos cómo pero la distancia entre ambos parece diluirse, y sentimos que todo está bien. En paz. Sin embargo, suele ocurrir que en ocasiones olvidamos su importancia en el cuidado de cualquier relación, ya sea personal o profesional. Tal vez porque nos estamos acostumbrando a tener poco tiempo para casi todo, hasta para mirar y sonreír a otro ser humano. Quizás, porque ni siquiera lo hacemos cuando ese ser humano somos nosotros mismos…

Sí, estamos poco habituados a sonreírnos, a ser amables, compasivos, con ese rostro que vemos frente al espejo. Y que es mucho más que un rostro. En lugar de ello, nos vamos a las “trincheras” con el “arma cargada” y vivimos inmersos en conflictos dónde se libran feroces batallas. Contra uno mismo. Acabamos atrapados por la angustia, la culpa, la ansiedad y el miedo… a no ser suficiente, a no hacerlo bien, a fallarle a alguien, a no estar a la altura, a no saber algo, a fracasar. Pero, ¿Quién gana en esta guerra?

Es admirable que pretendamos mejorar nuestras conductas, habilidades, conocimientos, pensamientos, creencias; ello nos ayuda a tener objetivos, propósitos y ánimo para actuar y dejar, incluso, un legado. No obstante, si invertimos gran parte de la energía vital  en una “lucha sin cuartel” manteniendo un diálogo interno lleno de reproches que no hacen sino minar la autoconfianza generando inseguridad, acabaremos empequeñecidos y exhaustos. En ese estado, difícilmente lograremos alcanzar las metas propuestas y desarrollar nuestro potencial… Tenemos al “enemigo en casa”. Entonces, el distrés hará su aparición volcando sus efectos negativos sobre el organismo, complicando aún más la situación y desencadenando toda una serie de problemas de salud.

Aprender a escuchar con atención lo que nos decimos cuando nos enfrentamos a las diferentes situaciones de la vida tanto en el ámbito personal como laboral, nos ayudará a entender lo que sentimos. Y, por supuesto, a cambiarlo. La situación en sí no es la que genera malestar psicológico sino la interpretación que realizamos, esto es, si la consideramos un reto o una amenaza. La clave para interpretarla está en si creemos que contamos con los recursos suficientes o que, por el contrario, la situación nos supera. Sea objetivamente así o no. No hay que olvidar que en esa valoración que hacemos sobre la propia capacidad de afrontamiento juega un papel esencial la aceptación. Aceptar la situación tal como es y aceptar que nos queda mucho por aprender; comprender que aceptar no es un punto de llegada, sino el punto de partida.

En el momento que somos conscientes de que la vida es un campo de aprendizaje y crecimiento, dónde los recursos personales van apareciendo y desplegándose cuando nos damos permiso para experimentar, no desde el miedo, sino desde la curiosidad, cuidando las conversaciones internas y tomando el pulso a las emociones que generamos para ponerlas al servicio de nuestra inteligencia encauzando su energía, somos capaces de proporcionarnos espacios de serenidad y paz mental.

Aprender poco a poco a “sonreírnos” en lugar de “batirnos en duelo” ante los avatares de la vida nos proporcionará mayor bienestar y nos hará disfrutar del viaje. Tal como decía Mahatma Ghandi: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.

Y tú, ¿piensas dejarte ya en paz?


jueves, 11 de enero de 2018

Lo que espero de enero

Enero tiene el privilegio y la desventura de ser el mes que inaugura un nuevo año. El privilegio de convertirse en la esperanza de nuestros más profundos anhelos, sueños y deseos mientras brindamos con copas llenas de embriagadoras burbujas. Y la desventura de ser el testigo de lo pronto que olvidamos y de cómo la ilusión se esfuma para volver a lo de siempre. Porque muchos son los propósitos que nos gustaría lograr a lo largo de los doce meses que tenemos por delante, pero la obsesión por lo inmediato,  por lo fácil y por lo conocido (aunque inservible) vuelve a colocarnos la venda que nos impide no solo ver, sino avanzar hacia aquello que ansiamos conseguir.

Ya sea un cambio físico, un logro personal, un reto profesional, un nuevo aprendizaje, realizar un viaje, iniciar una relación o, incluso, retomar una conversación pendiente. Cualquier objetivo que en su momento evaluamos como necesario, importante, o que simplemente despertaba el ánimo suficiente para ponernos en marcha, vemos como acaba aparcado, o peor aún, dormido en la cuneta hasta el año siguiente… ¿Y hasta cuándo? Si  te has planteado esta cuestión y tu respuesta es que estás harto/a de que tus objetivos continúen aplazándose, tal vez sea el momento de tomar cartas en el asunto, preguntarte para qué los marcaste, cuál es tu grado de compromiso con ellos y analizar qué es lo que te frena para afrontarlo en el día a día. Eso es enero, como el resto de meses, un conjunto de oportunidades a las que llamamos días. “Piensa en grande y actúa en pequeño”, porque será esa suma de pequeñas metas diarias alcanzadas las que nos acerquen poco a poco a nuestro gran sueño. Es cada paso el que va construyendo el camino y las travesías que realmente se disfrutan no suelen ser las más rápidas, ni las más llanas ni las más transitadas. Son aquellas en las que podemos parar cuando nos apetece, simplemente para admirar las vistas, observar desde la cima a la que hemos llegado, aunque a otros les pueda parecer una humilde colina. Son veredas que discurren, a veces, por terrenos escarpados o inundados de lodo que ponen a prueba tu corazón; el mismo que te susurra con sabiduría cuál es en este momento tu misión: ¿Conocer? ¿Reflexionar? ¿Crecer? ¿Aportar?...

Sin duda, cada paso adelante abre rutas nuevas. Si el terreno conocido ha demostrado que no nos lleva a ninguna parte y acabamos descubriendo los mismos atajos disfrazados de excusas que no hacen más que retrasarnos y desviar la atención, pregunto: ¿A qué esperamos?

De enero, yo no espero. Hago sendero… ¿Y tú? 



domingo, 24 de diciembre de 2017

¿Dónde estará la Felicidad?


Se acercan días muy especiales en el año. Noches distintas llenas de lucecitas de colores allá donde miremos, que irán acompañadas de música y cenas adornadas de verde y rojo. Habrá encuentros, reencuentros, desencuentros… Risas y lágrimas juntas a una misma mesa dando color a la alegría y a la nostalgia. Una de esas noches tomaremos las uvas con las campanadas mientras pedimos aquellos deseos que si se cumpliesen, nos harían felices durante el próximo año que comienza… o eso pensamos. ¿Estaremos buscando la felicidad en el lugar correcto? ¿Qué pasaría si en lugar de pedir, empezáramos a dar?

Dar aliento. Dar abrazos. Dar tu tiempo. Dar cariño. Dar consuelo. Dar tu sonrisa. Dar… no necesariamente lo que materialmente tienes, sino lo que eres. Y sólo eso, sin esperar ningún pago. Que no se trate de un trabajo, ni de un servicio, ni de un favor que espera un intercambio. No, solo dar desde el “quiero dar”. Porque tienes la inmensa suerte de tenerlo y la generosidad de entregarlo a quién crees que lo necesita. Tal vez solo te lleve un momento, el adecuado para escuchar y ofrecer unas palabras sinceras de apoyo. Tal vez unos días, exactamente el tiempo que esa persona precisa para aceptar un revés de la vida sabiendo que cuenta con tu ayuda. Tal vez toda la vida, porque te hayas dado cuenta de que cuanto más das, más recibes y más tienes.  Y lo que es mejor: más feliz eres.

Lo curioso de este asunto es que al dar sin pedir y sin esperar nada a cambio, incluso ese cambio llega. Quizás no al instante ni día siguiente; es posible que tampoco al mes. Incluso, puede presentarse por otro camino insospechado. En cualquier caso, no te importe que no lo hayas pedido, recíbelo igualmente porque estará preparado para ti cuando sea oportuno. ¡Permítete recogerlo y agradece! Deja que ese círculo de dar y recibir fluya, y como un niño el Día de los Reyes, abre tu obsequio, sorpréndete, disfrútalo y contagia la ilusión.

La felicidad no es para quien la busca, sino para quien sabe encontrarla a cada minuto, en cada mirada, en cada gesto, en cada abrazo, en cada palabra de agradecimiento que recibimos del otro, cada vez que uno se entrega.
Y tú,  ¿has descubierto ya por dónde encontrarás esta Noche tu Felicidad? ¿Y mañana? ¿Qué me dices de cada día del año?



viernes, 8 de diciembre de 2017

No seas tu prisionero

¿Quién no ha buscado el “Ojo por ojo” afirmando que “Donde las dan las toman” mientras pensaba que “Quien a hierro mata a hierro muere” porque “El que la hace la paga”? Lástima que nuestra sabiduría popular tenga menos en cuenta que “La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”. Y veneno es lo que deja en nuestro ser su mordedura, convirtiéndonos en esclavos de sus efectos.

Con seguridad, en algún momento nos hemos sentido heridos por alguien, quién con sus palabras, con sus hechos, con su falta de acción o atención —intencionada o inconscientemente— provocó en nosotros un dolor emocional. La intensidad del mismo corrió a cargo, por una parte, de la interpretación que hicimos del comportamiento y, de otra, de lo importante que era para nosotros esa persona. Si pensamos que la actuación fue malintencionada o ésta fue realizada por alguien apreciado, probablemente desató, en mayor grado, emociones como la tristeza al sentimos defraudados o el enfado al consideramos ofendidos. Tal vez, ambas. En cualquiera de los casos, aunque estas emociones aportan información relevante que necesitamos examinar para aprender, no debemos olvidar que es la respuesta que demos la que puede convertirnos en prisioneros del resentimiento… ¿Te suena lo del “lado oscuro de la fuerza”?

Afortunadamente, existe la llave para salir de esa cárcel: el perdón. Sin connotaciones religiosas ni morales, sino psicológicas; el perdón como capacidad para liberarnos a nosotros mismos del sufrimiento que provoca el mantener abierta una herida emocional y desear la reparación del daño con el dolor de quién lo causó. El camino para alcanzar esta llave es laborioso y pasa por ajustar nuestra expectativa a la imagen real el ofensor (incluyendo en ella su historia personal, valores y aprendizajes), y aceptar que toda persona posee a la vez fortalezas y debilidades que se reflejan en actos. Estas fases están dirigidas a lograr que una determinada acción pasada no despierte inquietud ni malestar en nuestra vida presente. De cada cual dependerá, una vez conseguido este estado, la decisión de mantener la relación (si esta existía) con quien le causó perjuicio.

En otras palabras, la elección del perdón es un ejercicio de libertad dirigido hacia uno mismo. Se trata por tanto de darnos la oportunidad de romper las cadenas que —de forma inconsciente— hemos creado y que nos mantienen unidos, precisamente, a la persona que nos lastimó. Es importante conseguir que el pensamiento deje de girar en torno al padecimiento sufrido tratando de imaginar formas de compensar el agravio… De lo contrario, seguiremos atrapados alimentando el odio hasta que termine por devorarnos.

Dejar de ser un “prisionero envenenado” requiere coraje y valentía, pero sobre todo, aprender a perdonar para saborear libremente la vida dejando que el resentimiento se escape.

Ahora, decides tú… ¿Te atreves a dejarle ir?


sábado, 2 de diciembre de 2017

La fortaleza

Debo admitir que me apasiona observar esos majestuosos y sólidos castillos medievales repartidos por toda nuestra geografía. Sí, aquellos que parecen sacados de alguna leyenda, con sus murallas, sus almenas, sus fosos, sus torreones. Construidos hace siglos con materiales tan poco sofisticados y tan frágiles, aparentemente, como el barro o el adobe. Y, sin embargo, han sido poderosos fortines capaces de soportar el paso del tiempo y sus inclemencias, el ataque de feroces enemigos o la dejadez de sus habitantes. Aunque, para ser justos, reconozco también que, a veces, parte de estas fortalezas se derrumban. Tal vez por todo ello, me recuerden a los seres humanos.

Estoy convencida de que te habrás encontrado con gente parecida, en cierto modo, a estos castillos de los que hablo; o quizás tú mismo/a te descubras en esta comparativa. Me estoy refiriendo a personas que normalmente se muestran fuertes, seguras, muy decididas y capaces; pero reacias a admitir su vulnerabilidad y necesidad de ayuda en determinados momentos de sus vidas. Es cierto que en ocasiones puede no resultar fácil admitir las propias fallas, áreas de mejora o fisuras, pero eso no quita que constantemente aparezcan y ocurra que, bien por “ceguera”  o bien por miedo a ser conscientes de nuestras carencias, nivel de destreza y determinación en diferentes ámbitos y situaciones, evitemos pedir ayuda cuando sea necesario. Tal comportamiento, además de incidir negativamente en un adecuado desempeño, puede perjudicar la salud psicológica, emocional o social, provocando que alguna de las “murallas” que nos protegen, finalmente cedan y caigan. La razón que se esconde tras esta resistencia es que confundimos ser débiles con ser vulnerables, y hay una gran diferencia: La debilidad se define como una falta de fortaleza o voluntad; en cambio, la vulnerabilidad es la aceptación de que no somos invencibles pero que contamos con recursos internos y externos para hacer frente a los acontecimientos. O aprendemos a desarrollarlos. Quizás… con ayuda.

Por lo tanto, si queremos mantener en pie la “estructura”, y no solo eso, sino seguir añadiendo nuevas estancias que nos conviertan en un firme “alcázar” deberemos fijar unos buenos cimientos en forma de valores, aplicar un mantenimiento y revisión periódica a través del autoconocimiento constante y —cómo no— aprender a detectar cuando es preciso contar con alguien más para reparar “ciertas grietas”, actuando en consecuencia.

Es importante señalar que, a veces,  la ayuda simplemente puede ser recibir unas palabras de ánimo, de aliento… Un abrazo, una conversación o un gesto amable que nos sostenga. “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” decía el matemático y físico griego, Arquímedes de Siracusa.


Busca un punto de apoyo y moverás tu mundo. ¿Has pensado ya quién puede ser el tuyo?




jueves, 9 de noviembre de 2017

Atención, Atención

Suena el teléfono, cuelgas y tienes ya dos llamadas perdidas. Te llegan ciento cuarenta y siete wasaps de un grupo. Acabas de recibir diez correos electrónicos, mientras consultabas las últimas noticias, la previsión meteorológica y verificabas las cinco notificaciones de Facebook  justo antes de comenzar una reunión.  Tienes la televisión encendida y tratas de hojear el último libro que te has comprado a la vez que piensas lo que vas a preparar de comer, respondes a lo que acaba de preguntarte tu pareja, tu hijo o tu madre y oyes el timbre de la puerta. ¿Y todavía te extrañas de tu falta de concentración?
Todas estas situaciones no son más que un pequeño ejemplo de la gran cantidad de esfuerzo diario que debemos realizar para repartir nuestra capacidad de atención. Las nuevas tecnologías nos han proporcionado grandes y numerosos avances pero, como contrapartida, son un elemento más que entra a competir por robarnos la atención. Sin duda, la atención es un recurso tan valioso como escaso dada la cantidad de estímulos que nos bombardean a diario. Sin ella difícilmente podremos realizar un verdadero aprendizaje o centrarnos en un objetivo o, ser conscientes de cómo nos sentimos. Y este es un punto importante, de modo que si perdemos la propia autoconsciencia iremos con el piloto automático, o peor, como barco sin timón. Si no prestamos atención a las señales corporales, es posible que cuando queramos darnos cuenta, ya tengamos un problema grave, físico o psicológico. Si no prestamos atención a las señales sociales e interpersonales, con toda seguridad acabaremos dañándolas o tal vez, incluso, rompiéndolas.  Y si no prestamos suficiente atención a la vida, probablemente pase por delante de nuestros ojos y para cuando decidamos abrirlos sea demasiado tarde.
Afortunadamente, la capacidad atencional podemos entrenarla, mejorarla y fortalecerla para evitar así que nos la “roben” por las buenas. Técnicas como Mindfulness o la Meditación guiada nos pueden facilitar su manejo,  nos ayudarán a impedir que nos perdamos entre “cantos de sirenas” y naveguemos sin sentido durante horas en un mar de pensamientos embravecidos. Saber dirigirla nos convertirá en  “capitanes del navío”.
En el caso de que quieras empezar cuanto antes y no sepas por dónde, comienza por observar tu respiración: ¿Es profunda o superficial? ¿Lenta o agitada? ¿Notas cómo cambia ante una emoción? Cuando te sientes estresado/a ¿Cómo es? Experimenta.
Regálate momentos atentos, de eso está hecha la vida y la llegada al nuevo mundo… se inicia con una primera respiración.

Y tú, ¿tripulas tu barco hacia el faro o te pierdes contando las olas?


jueves, 2 de noviembre de 2017

Del grano a la montaña

¿Has pensado alguna vez cuantos granos de arena se necesitarían para formar una montaña? Al ser humano, a veces, con uno sólo le basta. Hay ocasiones en las que un incidente, conversación, pensamiento o suposición es capaz de generar un incómodo malestar y provocar, incluso, un considerable sufrimiento… Y aún más, puede desatar la imaginación sobre consecuencias negativas del mismo, ocasionando desazón por algo que aún no ha ocurrido y que tal vez, ni siquiera ocurra, o no de esa forma. ¿Exagero?

A pesar de su apariencia ilógica, este tipo de actuaciones parece tener alguna finalidad, por lo que cabe plantearse una serie de cuestiones: ¿Cuál es el objetivo de este desasosiego? ¿Realmente nos ayuda a prepararnos ante el futuro suceso?  ¿Qué hay entre el hecho real y sus efectos? Vayamos por partes. En primer lugar, y por cuestiones de supervivencia, nuestro cerebro busca seguridad, tener el control de la situación. Para ello, tratará de anticipar respuestas a eventos que, entendemos, puedan atentar contra nuestra integridad física y/o emocional, y su forma de movilizar para la acción es producir la suficiente “molestia” como para ponernos en marcha y cambiar el rumbo. Esto se complica cuando en lugar de tomar la acción oportuna y adecuada —si fuese el caso— bien porque no sabemos cómo actuar, tememos hacerlo o bien porque no depende de nosotros, optamos por mantener el supuesto problema en un plano puramente mental. El resultado de esta falta de acción es lo que puede llevarnos a “rumiar” una y otra vez pequeños detalles haciendo que centremos en ellos gran parte de nuestra atención; lo que a su vez les irá dotando de mayor importancia y espacio a nivel cognitivo. Si además es algo sobre lo que no tenemos experiencia previa, le sumaremos el temor a lo desconocido. En este punto es dónde cobra especial relevancia la respuesta a la última pregunta: Entre el acontecimiento y su repercusión se encuentra la propia interpretación de lo que nos sucede, y dependiendo de cómo sea emitiremos una respuesta ajustada a la magnitud del hecho o una reacción inefectiva y desproporcionada presente y futura. Por lo tanto, es crucial que nos detengamos a analizar dicha interpretación, el estado emocional en el que nos encontramos y si caben otras posibilidades o perspectivas más favorables; teniendo en cuenta los hechos, observándolos de forma más objetiva y con la distancia necesaria. Esta manera de proceder nos ahorrará quebraderos de cabeza inútiles, tiempo de vida y recursos personales que sin duda serán más productivos si aprendemos a optimizarlos otorgando a cada acontecimiento la importancia que merece en su justa medida, tomando las acciones oportunas cuando sea necesario o “limpiando nuestras gafas” de contemplar realidades. De lo contrario, vivir puede convertirse en toda una intransitable sucesión de cordilleras “granuladas”.

Piensa, ¿qué sueles encontrar en tu travesía?


jueves, 26 de octubre de 2017

Sobre hábitos y monjes

De todos es bien sabido un conocido dicho que afirma que  “el hábito no hace al monje”. Sin embargo, y dejando de lado cualquier connotación religiosa, puede que sea cierto, solo en parte.
El citado aforismo trata de instruirnos sobre la importancia de no juzgar a nadie por su apariencia física, por su aspecto o vestimenta, ya que puede llevarnos a  extraer conclusiones equivocadas sobre las personas. Y, sin darnos cuenta, el propio comportamiento para con ellas también estará sujeto o condicionado por esa opinión, tal vez inexacta, que hemos creado. Es obvio que se trata de una estrategia de simplificación por parte de nuestro cerebro dirigida a darnos seguridad. A nuestra mente llega diariamente tanta información en tan poco tiempo, que solemos optar por quedarnos con aquello que nos resulta más relevante a primer golpe de vista. Pero no nos detenemos ahí, con esos datos procedemos a juzgar y emitir una sentencia sobre como es y se comportará una persona.  Es muy posible que nos encontremos con personas vestidas de forma humilde y tomemos las oportunas precauciones porque deducimos que nos robarán en cuanto tengamos un descuido; y que, sin embargo, la experiencia nos lleve a toparnos con gente refinada que, para nuestra sorpresa, resulta ser muy amiga de lo ajeno. Intuyo que es principalmente esta la enseñanza sobre la que trata de advertirnos la cita con la que comenzamos el post.
Ahora viene la otra parte. ¿Cómo se hace el “monje” si no es con el hábito? Obviamente con el término “monje” no me estoy refiriendo solamente a aquel individuo solitario y sabio que dedica su tiempo a servir, orar o a la vida contemplativa. Me refiero también a la persona y al profesional, de cualquier ámbito, que cada uno de nosotros ha llegado a ser. Por supuesto, con el concepto “hábito” tampoco hablo de la vestimenta, sino del comportamiento que repetido día tras día de forma constante automatiza nuestros actos. En otras palabras, son acciones que han alcanzado un nivel de aprendizaje tal, que ya no requieren de atención consciente para ejecutarlas de forma eficaz. Lo cual no significa que siempre sean efectivas ni que contribuyan a hacernos más felices. Cabe que nos cuestionemos entonces, ¿cómo son mis hábitos? ¿Son saludables? ¿Favorecen mi bienestar físico, psicológico y emocional? ¿Me acercan a mi ideal de persona o de profesional? ¿Y a mis objetivos? ¿Para qué hago lo que hago? ¿Están alineados con mis valores fundamentales? Y, si no me benefician, ¿qué “cadena” me obliga a mantenerlos? Si la mayoría de tus respuestas a estas preguntas acerca de tus hábitos son negativas… Piensa sobre ello, ¿a qué esperas para cambiarlos?
Después de todo lo dicho,  parece claro que “el hábito no hace al monje” pero, sin duda alguna, “el auténtico monje lleva consigo buenos hábitos”.
¿Sabes cuales son los tuyos?


jueves, 19 de octubre de 2017

Maestros

Estoy convencida de que a estas alturas de tu vida ya habrás tenido unos cuantos. Es más que probable que pienses que si hemos tenido la oportunidad de ir a la guardería o al colegio nos habremos topado con sus enseñanzas. Sin embargo, con el término “maestros” no me estoy refiriendo solo a los docentes que nos impartieron materias como matemáticas, ciencias, lengua o cualquier otra asignatura al uso. En esta ocasión hago alusión a cualquier  persona o suceso que se cruza en nuestra vida para revelarnos algo importante; aunque no siempre nos resulte agradable. Cuando esto sucede,  solemos comenzar a quejarnos, a juzgar y calificar la situación como algo negativo y, sobre todo si experimentamos cierto malestar en el proceso, nos preguntamos incesantemente “¿por qué me tiene que pasar a mí?”. Pero raras veces, ponemos el foco en el aprendizaje y en quién nos convertiremos tras vivir y trascender la experiencia.
Estos particulares “maestros” no necesitan titulación para ejercer. No se dedican a dar clase, ni tutoría, ni corrigen exámenes. Ni siquiera tienen una clase; de hecho si la tuviesen, cada alumno/a aprendería sobre un tema diferente. Y lo mejor de todo es que en la mayoría de los casos, ni siquiera son conscientes de que son (o podemos ser) maestros. A veces pueden hacer que —sin contemplaciones— despertemos dándonos de bruces contra el suelo. Con ellos descubriremos, a pesar del dolor, hasta dónde somos capaces de llegar sin desfallecer apelando a la propia fortaleza humana. Otros, por su parte, nos mueven con su ejemplo, sus palabras y nos inspiran a ser alguien mejor. Hay quienes nos conducen con amabilidad y firmeza hacia horizontes que al principio parecían inexpugnables. En su presencia, ese sendero compartido es como un Camino de Santiago; una ruta transitada con esfuerzo, perseverancia y disfrute sereno. También hay momentos en los cuales  los “maestros” vienen disfrazados de circunstancias, y serán ellas las que nos pondrán a prueba: un nuevo reto laboral, un despido, una enfermedad, un conflicto, un desengaño, una ruptura, una pérdida importante…
En cualquiera de los casos, sus lecciones serán poderosas si sabemos cómo aprovecharlas; para ello, en primer lugar deberemos averiguar cuál es el saber que pretende mostrarnos, ya que será justo el que necesitamos conocer en ese momento, ni antes ni después. Por ello, sin duda, «el maestro aparece cuando el alumno está preparado». Es entonces cuando la queja y el lamento acerca de lo que padecemos desaparecen y se transforman en curiosidad. Los juicios y sentencias se convierten en pregunta: ¿Qué puedo aprender de todo esto para crecer?
Llegados a este punto, me atrevo a cerrar con una última cuestión, ¿te has planteado cómo sería la vida sin desafíos que pongan a prueba nuestros talentos, que nos lleven a conocernos con más profundidad y a desarrollar nuevas estrategias para afrontarlos?

Gracias a todos mis maestros. Gracias a todos, mis “maestros”.


jueves, 12 de octubre de 2017

Locos por el trabajo

“El trabajo más productivo es el que sale de las manos de una persona contenta”. Esta fue una de las citas célebres que nos dejó Victor Pauchet, reconocido cirujano francés cuya maestría y excelencia proporcionaron importantes innovaciones en el campo de la cirugía del siglo XX. Tratándose de un hombre de ciencia y un profesional cuyas manos son claves como herramienta de precisión, me llama poderosamente la atención que relacione la productividad en el trabajo con el estado de ánimo.
Creo interesante exponer este tema ya que —aunque parezca increíble— en pleno siglo XXI, aún quedan gerentes, empleadores, empresarios, mandos intermedios y encargados de equipos, que parecen no tener en cuenta la sabia reflexión con la que comienzo el post. En lugar de ello, de construir relaciones que favorezcan ambientes dónde las personas puedan aportar con ilusión y compromiso lo mejor de sí mismas en su puesto de trabajo; utilizan el miedo, la amenaza, la sanción, la coacción, el control disfrazado de supervisión junto con una buena porción de nefasta comunicación; que no hacen sino sembrar desánimo, angustia y temor que acabarán degenerando en más y mayores errores acompañados de una caída en la productividad. Últimamente he leído algunos artículos que hablan sobre el hecho de que las empresas no tienen por qué hacer felices a sus trabajadores, y estoy de acuerdo en que no debemos dejar nuestra capacidad para ser felices en manos ajenas. Lo que no comparto es que se utilice esta premisa como escudo tras el que parapetarse y mantener hábitos gerenciales anticuados, desalentadores y contraproducentes, tanto para la salud mental de los empleados, como para la cuenta de resultados de la organización. Tal vez con modificar “eso” que contribuye a desmotivar sería suficiente… ¿A quién le apetece involucrarse y dedicarse no solo en cuerpo (presencia) sino también en alma (amor) a un proyecto, si siente miedo y aversión al solo hecho de pensar que tiene que reunir todas sus energías para superar la jornada de trabajo? Dediquemos unos minutos a pensar en ello.
Para desempeñar funciones de responsabilidad sobre personas, no basta con el conocimiento técnico. Es imprescindible entrenar las competencias personales: comunicación, empatía, resolución de conflictos, trabajo en equipo. En definitiva, desarrollar la inteligencia emocional y aplicarla también en el ámbito laboral. Porque es cada vez más la gente con gran talento la que me plantea que estarían dispuestos a cambiar su trabajo, a asumir el riesgo de montar un negocio o, incluso, que aunque el hecho de estar en desempleo es una situación económica no deseada para la mayoría, en ocasiones, la cambiarían por el sufrimiento y desgaste emocional que llegan a experimentar en sus puestos. La pregunta que se hacen es: ¿Compensa? Está claro que trabajamos y a cambio recibimos un pago por nuestros servicios, pero ejercer nuestra labor con excelencia, desde el compromiso, necesita de una cultura y ambiente sanos para que pueda florecer.

Mi pregunta, sobre todo para aquellos que tengan personas bajo su mando, y volviendo al protagonista del post de hoy, Victor Pauchet, es: Teniendo en cuenta lo leído hasta aquí, ¿cómo te gustaría que fuese el director de tu cirujano?




jueves, 5 de octubre de 2017

Ruedas pinchadas

A cualquiera le puede pasar, pero estoy segura de que no cogerías tu vehículo sabiendo que tiene un pinchazo en la rueda. Sabes lo importante que es tener a punto tus neumáticos: te ofrecen un mayor rendimiento y ahorro de combustible, la conducción se experimenta suave y ligera y el frenado es más fiable, haciendo que la respuesta a imprevistos sea rápida, eficaz y segura. Por eso realizas revisiones periódicas. A pesar de ello, si durante la marcha notases que tu volante presenta cierta resistencia en la dirección o que se desvía hacia un lado más que hacia el otro, se despertarían tus sospechas de que algo no va bien y te detendrías inmediatamente. Por tu propio bien y por el de otras personas que también circulan compartiendo la carretera contigo. Pero, ¿qué tal llevas la “rueda de tu vida”? ¿Reduces tu velocidad y frenas para comprobar la “presión” o sigues esperando a que termine en “reventón”?
Tal vez pueda resultarte un poco extraña la comparativa entre la rueda de un coche y la tuya propia, pero déjame decirte que ambas necesitan estar en buenas condiciones para viajar; para llegar lejos, para alcanzar tu destino. En Coaching utilizamos esta herramienta para «tomar la temperatura» y conocer el punto de partida en el que te encuentras. Así, calibrando cuáles son tus necesidades en las diferentes áreas de tu vida puedo acompañarte para que averigües por dónde «escapa el aire de tu rueda», tomes acción y avances mayores distancias, con menos esfuerzo.
Es habitual que con las prisas del día a día pasemos por alto algunos detalles que nos van avisando. Pero, si nos acostumbramos a ignorar  las señales de nuestro particular ordenador de a bordo, sucederá lo inevitable: Sin saber cómo hemos llegado, estaremos parados en el arcén de nuestra existencia con la  «rueda» pinchada o reventada. Y claro, ahora toca detenerse a la fuerza y repararla, con los consiguientes costes de tiempo y esfuerzo personal. Porque de lo contrario, el desequilibrio en un área acabará afectando a las demás. Ante este panorama, estarás de acuerdo conmigo en que el mejor remedio es una buena prevención; una evaluación, un chequeo o una revisión periódica del estado de cada una de las esferas vitales: salud (física y psicológica), familia, amigos, trabajo, ocio, dinero, desarrollo personal y contribución a la sociedad; nos ayudará a detectar cuál debe ser nuestra prioridad y tomar medidas para restablecer un equilibrio saludable.
Es cuestión de responsabilidad, de tomar consciencia, de decidirse a actuar y, si es necesario, de pedir ayuda cuando advertimos que por más que rodemos no avanzamos o empezamos a intuir que nuestra «rueda», por alguna razón, no se encuentra en buen estado.

¿Has revisado últimamente las tuyas?


jueves, 28 de septiembre de 2017

Mañana empiezo

Seguro que no son pocas las veces que te has dicho ese “¡Mañana empiezo!” lleno de ganas e ilusión por comenzar un nuevo proyecto, estudiar, dejar un mal hábito, buscar trabajo, hacer más deporte, montar un negocio, cuidar la dieta, tachar alguna de las tareas pendientes de tu lista… En definitiva, ponerte manos a la obra para alcanzar un objetivo. Sin embargo, al llegar un nuevo día ves cómo tus anhelos se disuelven como por arte de magia y vuelves a posponer llenando de excusas el vacío que se queda. ¿Pero qué es lo que ha pasado? ¿Dónde han ido todas esas razones de peso que habíamos tenido en cuenta ayer? ¿Por qué nos da la sensación de que hemos vuelto a fallarnos? ¿Podremos hacer algo para romper ese círculo de autoengaño?
Es fácil que nos contemos el cuento de que no tenemos tiempo, que la tarea es complicada o que requiere mucho esfuerzo, recursos, dinero. Debatimos, replicamos y negociamos con nosotros mismos hasta que terminamos concluyendo que mejor lo dejamos para otro momento; porque total, hoy no es el día. Tal vez mañana… Y nos quedamos tan tranquilos. O no. Porque en el fondo sabemos que posponer o procrastinar no hace más que acrecentar el malestar que sentimos; que tras esa meta no alcanzada se esconde una necesidad, un impulso que sigue pugnando por ser cubierto. Lo que desconocemos es que la fuerza que buscamos para ponernos en marcha no nace de argumentos ni razones, sino del propósito. Con lo que averiguar nuestro para qué, en lugar de perdernos en innumerables por qués, será una parte importante del engranaje motivacional.
Otro elemento de relevancia al que debemos prestar atención es a nuestras emociones. Así de claro: En ocasiones nos negamos a tomar acción porque nos atenaza el miedo. El miedo a fracasar, a perder algo, a no estar a la altura, a equivocarnos, a no tener la suficiente perseverancia para vencer los obstáculos, a fallar a otros… Pero, si somos capaces de detectarlo, podremos vencerlo, ya que el mejor remedio contra el miedo es la acción. En el instante en que damos esos pequeños pasos cargados de incertidumbre, notamos como las dudas se van dispersando.
Así mismo, si nos cuesta percibir el beneficio que obtendremos o lo vemos lejano en el tiempo, la pereza jugará su papel. Igual que la acción llama a la acción —razón por la que para generar motivación debemos actuar primero— la falta de movimiento provoca parálisis, física y mentalmente. Es esa actitud la que puede llevarnos a la tristeza, la pasividad y el desaliento.
Por fortuna, contamos con todo lo necesario para pasar de las excusas al éxito. Y es que si establecemos objetivos propios basándonos en el propósito, ordenamos las prioridades en función de las necesidades reales y gestionamos adecuadamente las emociones que nos acompañan, seremos capaces de tomar decisiones y comprometernos de tal forma, que nuestra determinación será irremediablemente inquebrantable.


¿Vas a esperar hasta mañana? ¿Qué pasaría si empezaras hoy?


jueves, 21 de septiembre de 2017

Miedo a la oscuridad

Sabemos que uno de los temores más antiguos del ser humano es el miedo a la oscuridad. Y no es de extrañar que desarrolláramos aversión a la llegada del anochecer ya que ello nos convertía en presa fácil impidiendo anticiparnos a posibles depredadores, enemigos y demás “espíritus nocturnos”. Nos sentíamos vulnerables. El descubrimiento del fuego nos transformó en seres capaces de afrontar esos peligros; aprendimos a crear luz cuando las circunstancias naturales se empeñaban en arrebatárnosla.
Por fortuna, ahora disponemos de un completo equipamiento eléctrico que hace la vida más cómoda y segura; que nos permite manejar a nuestro antojo y convertir, incluso, la noche en día. A pesar de ello, continuamos temiendo la oscuridad. La nuestra. La propia. Aquella que se esconde en un rinconcito interior y nos traba haciendo que nos sintamos diminutos ante los retos. La misma que construye creencias limitantes basadas en experiencias pasadas  o en imaginaciones futuras. A veces, podemos verla como ese juez cruel vestido de negro cuyo veredicto nos condena y humilla golpeando con su duro mazo dónde más duele: en toda la autoestima. En otras ocasiones, la percibimos como un abismo que parece interponerse entre nosotros y nuestros sueños, objetivos y metas. Sin embargo, somos ciegos para apreciar lo que nos brinda; todo un universo de posibilidades ocultas a las que jamás accederemos si nos resistimos a conocerla. Tal vez nos hemos acostumbrado demasiado a la luz artificial; a deslumbrarnos con todo lo que se nos pasa por delante, sea o no real, quedándonos en la superficie de lo que somos. Pero si nos atrevemos a contemplar en silencio el "interior de la habitación" durante el tiempo suficiente, la visión se adaptará y nuestro foco de atención empezará a iluminar lo que permanecía escondido, otorgándonos la oportunidad de ser conscientes y aceptar también las propias debilidades. Seremos observadores a la par, de claros y oscuros, de contrastes que harán que el miedo sea transmutado, surgiendo ante nosotros la belleza de todo un firmamento tapizado con millones de fogosos destellos: Ellos serán tus fortalezas. 
Quizás estábamos equivocados. Y no fue el miedo a la oscuridad el que "encendió" el fuego, sino que las propias sombras nos encaminaron a vislumbrar nuestras chispas de ingenio.

¿Has visto ya las tuyas?