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jueves, 19 de octubre de 2017

Maestros

Estoy convencida de que a estas alturas de tu vida ya habrás tenido unos cuantos. Es más que probable que pienses que si hemos tenido la oportunidad de ir a la guardería o al colegio nos habremos topado con sus enseñanzas. Sin embargo, con el término “maestros” no me estoy refiriendo solo a los docentes que nos impartieron materias como matemáticas, ciencias, lengua o cualquier otra asignatura al uso. En esta ocasión hago alusión a cualquier  persona o suceso que se cruza en nuestra vida para revelarnos algo importante; aunque no siempre nos resulte agradable. Cuando esto sucede,  solemos comenzar a quejarnos, a juzgar y calificar la situación como algo negativo y, sobre todo si experimentamos cierto malestar en el proceso, nos preguntamos incesantemente “¿por qué me tiene que pasar a mí?”. Pero raras veces, ponemos el foco en el aprendizaje y en quién nos convertiremos tras vivir y trascender la experiencia.
Estos particulares “maestros” no necesitan titulación para ejercer. No se dedican a dar clase, ni tutoría, ni corrigen exámenes. Ni siquiera tienen una clase; de hecho si la tuviesen, cada alumno/a aprendería sobre un tema diferente. Y lo mejor de todo es que en la mayoría de los casos, ni siquiera son conscientes de que son (o podemos ser) maestros. A veces pueden hacer que —sin contemplaciones— despertemos dándonos de bruces contra el suelo. Con ellos descubriremos, a pesar del dolor, hasta dónde somos capaces de llegar sin desfallecer apelando a la propia fortaleza humana. Otros, por su parte, nos mueven con su ejemplo, sus palabras y nos inspiran a ser alguien mejor. Hay quienes nos conducen con amabilidad y firmeza hacia horizontes que al principio parecían inexpugnables. En su presencia, ese sendero compartido es como un Camino de Santiago; una ruta transitada con esfuerzo, perseverancia y disfrute sereno. También hay momentos en los cuales  los “maestros” vienen disfrazados de circunstancias, y serán ellas las que nos pondrán a prueba: un nuevo reto laboral, un despido, una enfermedad, un conflicto, un desengaño, una ruptura, una pérdida importante…
En cualquiera de los casos, sus lecciones serán poderosas si sabemos cómo aprovecharlas; para ello, en primer lugar deberemos averiguar cuál es el saber que pretende mostrarnos, ya que será justo el que necesitamos conocer en ese momento, ni antes ni después. Por ello, sin duda, «el maestro aparece cuando el alumno está preparado». Es entonces cuando la queja y el lamento acerca de lo que padecemos desaparecen y se transforman en curiosidad. Los juicios y sentencias se convierten en pregunta: ¿Qué puedo aprender de todo esto para crecer?
Llegados a este punto, me atrevo a cerrar con una última cuestión, ¿te has planteado cómo sería la vida sin desafíos que pongan a prueba nuestros talentos, que nos lleven a conocernos con más profundidad y a desarrollar nuevas estrategias para afrontarlos?

Gracias a todos mis maestros. Gracias a todos, mis “maestros”.


miércoles, 14 de junio de 2017

Jugando al escondite

“Noventa y ocho, noventa y nueve y cien. Y quién no se haya escondido, tiempo ha tenido”. ¿Recuerdas cuando te ocultabas tras los árboles para que no te encontraran? Nadie quería “quedársela” y tener que ser el único en ejercer el arduo trabajo de contar, buscar, correr y descubrir a los que hábilmente trataban de reducir su visibilidad. ¿Por qué nos enseñaron que aquel papel de protagonista activo no era agradable ni deseado? Si no me falla la memoria, ganaba el que no era visto, pasaba desapercibido, era sigiloso y permanecía quieto. Esto le suponía la “ventaja” de volver a desaparecer al comenzar de nuevo. A veces, podía ocurrir que el resto se olvidasen y se marchasen a otro lugar para continuar con otros menesteres, dejando sin resolver el secreto de su escondrijo. Lástima. Con tal celo se había ocultado, que ninguno se había percatado de su ausencia. Doloroso. ¿Es posible que continuemos este juego de mayores? ¿Qué simplemente nos quedemos esperando a que nos vean? ¿Te has descubierto alguna vez buscando la invisibilidad en tu vida, en tu familia o en tu trabajo?
Tal vez no lo hayamos hecho de forma consciente, pero convendría examinarnos. Por ejemplo, ¿cuántas veces hemos callado la autoría de un trabajo bien hecho y hemos permitido que otros se atribuyan el mérito? O ¿qué ha sucedido cuando no hemos dado un paso adelante para manifestar nuestra opinión en una reunión con familiares, compañeros de trabajo o jefes aún sabiendo que estábamos en lo cierto y hablar hubiese supuesto un beneficio mutuo? Y, ¿qué me dices de rechazar una buena propuesta porque ello significaba exponernos en público o tener que prepararnos en alguna temática que en ese momento no conocíamos? Exacto, de mayores seguimos jugando. La cuestión, es que si continuamos con este pasatiempo es sencillamente porque algo ganamos, por eso lo mantenemos. Nuestros juegos son formas de obtener beneficios aparentes. Esto es, por ejemplo, lograr el que otros realicen por nosotros aquello que nos abruma; permanecer tranquilos/as en nuestra zona de confort; poder quejarnos sin hacer nada y que los demás nos compadezcan…Piénsalo.

Estas conductas que nos funcionaron en el pasado, actualmente son altamente ineficaces ya que entorpecen nuestro avance, nuestro desarrollo personal y profesional. Y seguro que lo has comprobado, pero continúas jugando… Porque se olvidaron de enseñarnos que ser visible no quiere decir ser más que nadie. Que demostrar nuestro talento y compartirlo con otras personas aceptando con humildad que todavía nos queda por aprender, no es un signo de debilidad sino de tremenda valentía. Que ser protagonista de tu vida es el mejor papel que podrías desempeñar y que sólo puedes hacerlo tú porque para eso has venido. Además, si lo interpretas con gusto, podrás encontrar a aquellos que aún esperan, hacerles visibles e impulsarles para que se atrevan a revelar su verdadera identidad, todo lo que tienen y lo que pueden dar de sí. ¿Te imaginas qué misión? Si lo reconsideras de nuevo, es posible que ahora te sientas con ganas de “quedártela”. Si es así, es que habrás comprendido que tu responsabilidad y tu acción es la que crea tu destino y trasciende a los demás. Yo, hoy decido, que me la quedo.