jueves, 1 de febrero de 2018

Déjate en paz

Decía la Madre Teresa de Calcuta que “la paz comienza con una sonrisa”. Y es que cuando alguien nos sonríe de forma sincera, nuestras defensas caen rendidas. No sabemos cómo pero la distancia entre ambos parece diluirse, y sentimos que todo está bien. En paz. Sin embargo, suele ocurrir que en ocasiones olvidamos su importancia en el cuidado de cualquier relación, ya sea personal o profesional. Tal vez porque nos estamos acostumbrando a tener poco tiempo para casi todo, hasta para mirar y sonreír a otro ser humano. Quizás, porque ni siquiera lo hacemos cuando ese ser humano somos nosotros mismos…

Sí, estamos poco habituados a sonreírnos, a ser amables, compasivos, con ese rostro que vemos frente al espejo. Y que es mucho más que un rostro. En lugar de ello, nos vamos a las “trincheras” con el “arma cargada” y vivimos inmersos en conflictos dónde se libran feroces batallas. Contra uno mismo. Acabamos atrapados por la angustia, la culpa, la ansiedad y el miedo… a no ser suficiente, a no hacerlo bien, a fallarle a alguien, a no estar a la altura, a no saber algo, a fracasar. Pero, ¿Quién gana en esta guerra?

Es admirable que pretendamos mejorar nuestras conductas, habilidades, conocimientos, pensamientos, creencias; ello nos ayuda a tener objetivos, propósitos y ánimo para actuar y dejar, incluso, un legado. No obstante, si invertimos gran parte de la energía vital  en una “lucha sin cuartel” manteniendo un diálogo interno lleno de reproches que no hacen sino minar la autoconfianza generando inseguridad, acabaremos empequeñecidos y exhaustos. En ese estado, difícilmente lograremos alcanzar las metas propuestas y desarrollar nuestro potencial… Tenemos al “enemigo en casa”. Entonces, el distrés hará su aparición volcando sus efectos negativos sobre el organismo, complicando aún más la situación y desencadenando toda una serie de problemas de salud.

Aprender a escuchar con atención lo que nos decimos cuando nos enfrentamos a las diferentes situaciones de la vida tanto en el ámbito personal como laboral, nos ayudará a entender lo que sentimos. Y, por supuesto, a cambiarlo. La situación en sí no es la que genera malestar psicológico sino la interpretación que realizamos, esto es, si la consideramos un reto o una amenaza. La clave para interpretarla está en si creemos que contamos con los recursos suficientes o que, por el contrario, la situación nos supera. Sea objetivamente así o no. No hay que olvidar que en esa valoración que hacemos sobre la propia capacidad de afrontamiento juega un papel esencial la aceptación. Aceptar la situación tal como es y aceptar que nos queda mucho por aprender; comprender que aceptar no es un punto de llegada, sino el punto de partida.

En el momento que somos conscientes de que la vida es un campo de aprendizaje y crecimiento, dónde los recursos personales van apareciendo y desplegándose cuando nos damos permiso para experimentar, no desde el miedo, sino desde la curiosidad, cuidando las conversaciones internas y tomando el pulso a las emociones que generamos para ponerlas al servicio de nuestra inteligencia encauzando su energía, somos capaces de proporcionarnos espacios de serenidad y paz mental.

Aprender poco a poco a “sonreírnos” en lugar de “batirnos en duelo” ante los avatares de la vida nos proporcionará mayor bienestar y nos hará disfrutar del viaje. Tal como decía Mahatma Ghandi: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.

Y tú, ¿piensas dejarte ya en paz?


jueves, 11 de enero de 2018

Lo que espero de enero

Enero tiene el privilegio y la desventura de ser el mes que inaugura un nuevo año. El privilegio de convertirse en la esperanza de nuestros más profundos anhelos, sueños y deseos mientras brindamos con copas llenas de embriagadoras burbujas. Y la desventura de ser el testigo de lo pronto que olvidamos y de cómo la ilusión se esfuma para volver a lo de siempre. Porque muchos son los propósitos que nos gustaría lograr a lo largo de los doce meses que tenemos por delante, pero la obsesión por lo inmediato,  por lo fácil y por lo conocido (aunque inservible) vuelve a colocarnos la venda que nos impide no solo ver, sino avanzar hacia aquello que ansiamos conseguir.

Ya sea un cambio físico, un logro personal, un reto profesional, un nuevo aprendizaje, realizar un viaje, iniciar una relación o, incluso, retomar una conversación pendiente. Cualquier objetivo que en su momento evaluamos como necesario, importante, o que simplemente despertaba el ánimo suficiente para ponernos en marcha, vemos como acaba aparcado, o peor aún, dormido en la cuneta hasta el año siguiente… ¿Y hasta cuándo? Si  te has planteado esta cuestión y tu respuesta es que estás harto/a de que tus objetivos continúen aplazándose, tal vez sea el momento de tomar cartas en el asunto, preguntarte para qué los marcaste, cuál es tu grado de compromiso con ellos y analizar qué es lo que te frena para afrontarlo en el día a día. Eso es enero, como el resto de meses, un conjunto de oportunidades a las que llamamos días. “Piensa en grande y actúa en pequeño”, porque será esa suma de pequeñas metas diarias alcanzadas las que nos acerquen poco a poco a nuestro gran sueño. Es cada paso el que va construyendo el camino y las travesías que realmente se disfrutan no suelen ser las más rápidas, ni las más llanas ni las más transitadas. Son aquellas en las que podemos parar cuando nos apetece, simplemente para admirar las vistas, observar desde la cima a la que hemos llegado, aunque a otros les pueda parecer una humilde colina. Son veredas que discurren, a veces, por terrenos escarpados o inundados de lodo que ponen a prueba tu corazón; el mismo que te susurra con sabiduría cuál es en este momento tu misión: ¿Conocer? ¿Reflexionar? ¿Crecer? ¿Aportar?...

Sin duda, cada paso adelante abre rutas nuevas. Si el terreno conocido ha demostrado que no nos lleva a ninguna parte y acabamos descubriendo los mismos atajos disfrazados de excusas que no hacen más que retrasarnos y desviar la atención, pregunto: ¿A qué esperamos?

De enero, yo no espero. Hago sendero… ¿Y tú? 



domingo, 24 de diciembre de 2017

¿Dónde estará la Felicidad?


Se acercan días muy especiales en el año. Noches distintas llenas de lucecitas de colores allá donde miremos, que irán acompañadas de música y cenas adornadas de verde y rojo. Habrá encuentros, reencuentros, desencuentros… Risas y lágrimas juntas a una misma mesa dando color a la alegría y a la nostalgia. Una de esas noches tomaremos las uvas con las campanadas mientras pedimos aquellos deseos que si se cumpliesen, nos harían felices durante el próximo año que comienza… o eso pensamos. ¿Estaremos buscando la felicidad en el lugar correcto? ¿Qué pasaría si en lugar de pedir, empezáramos a dar?

Dar aliento. Dar abrazos. Dar tu tiempo. Dar cariño. Dar consuelo. Dar tu sonrisa. Dar… no necesariamente lo que materialmente tienes, sino lo que eres. Y sólo eso, sin esperar ningún pago. Que no se trate de un trabajo, ni de un servicio, ni de un favor que espera un intercambio. No, solo dar desde el “quiero dar”. Porque tienes la inmensa suerte de tenerlo y la generosidad de entregarlo a quién crees que lo necesita. Tal vez solo te lleve un momento, el adecuado para escuchar y ofrecer unas palabras sinceras de apoyo. Tal vez unos días, exactamente el tiempo que esa persona precisa para aceptar un revés de la vida sabiendo que cuenta con tu ayuda. Tal vez toda la vida, porque te hayas dado cuenta de que cuanto más das, más recibes y más tienes.  Y lo que es mejor: más feliz eres.

Lo curioso de este asunto es que al dar sin pedir y sin esperar nada a cambio, incluso ese cambio llega. Quizás no al instante ni día siguiente; es posible que tampoco al mes. Incluso, puede presentarse por otro camino insospechado. En cualquier caso, no te importe que no lo hayas pedido, recíbelo igualmente porque estará preparado para ti cuando sea oportuno. ¡Permítete recogerlo y agradece! Deja que ese círculo de dar y recibir fluya, y como un niño el Día de los Reyes, abre tu obsequio, sorpréndete, disfrútalo y contagia la ilusión.

La felicidad no es para quien la busca, sino para quien sabe encontrarla a cada minuto, en cada mirada, en cada gesto, en cada abrazo, en cada palabra de agradecimiento que recibimos del otro, cada vez que uno se entrega.
Y tú,  ¿has descubierto ya por dónde encontrarás esta Noche tu Felicidad? ¿Y mañana? ¿Qué me dices de cada día del año?



viernes, 8 de diciembre de 2017

No seas tu prisionero

¿Quién no ha buscado el “Ojo por ojo” afirmando que “Donde las dan las toman” mientras pensaba que “Quien a hierro mata a hierro muere” porque “El que la hace la paga”? Lástima que nuestra sabiduría popular tenga menos en cuenta que “La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”. Y veneno es lo que deja en nuestro ser su mordedura, convirtiéndonos en esclavos de sus efectos.

Con seguridad, en algún momento nos hemos sentido heridos por alguien, quién con sus palabras, con sus hechos, con su falta de acción o atención —intencionada o inconscientemente— provocó en nosotros un dolor emocional. La intensidad del mismo corrió a cargo, por una parte, de la interpretación que hicimos del comportamiento y, de otra, de lo importante que era para nosotros esa persona. Si pensamos que la actuación fue malintencionada o ésta fue realizada por alguien apreciado, probablemente desató, en mayor grado, emociones como la tristeza al sentimos defraudados o el enfado al consideramos ofendidos. Tal vez, ambas. En cualquiera de los casos, aunque estas emociones aportan información relevante que necesitamos examinar para aprender, no debemos olvidar que es la respuesta que demos la que puede convertirnos en prisioneros del resentimiento… ¿Te suena lo del “lado oscuro de la fuerza”?

Afortunadamente, existe la llave para salir de esa cárcel: el perdón. Sin connotaciones religiosas ni morales, sino psicológicas; el perdón como capacidad para liberarnos a nosotros mismos del sufrimiento que provoca el mantener abierta una herida emocional y desear la reparación del daño con el dolor de quién lo causó. El camino para alcanzar esta llave es laborioso y pasa por ajustar nuestra expectativa a la imagen real el ofensor (incluyendo en ella su historia personal, valores y aprendizajes), y aceptar que toda persona posee a la vez fortalezas y debilidades que se reflejan en actos. Estas fases están dirigidas a lograr que una determinada acción pasada no despierte inquietud ni malestar en nuestra vida presente. De cada cual dependerá, una vez conseguido este estado, la decisión de mantener la relación (si esta existía) con quien le causó perjuicio.

En otras palabras, la elección del perdón es un ejercicio de libertad dirigido hacia uno mismo. Se trata por tanto de darnos la oportunidad de romper las cadenas que —de forma inconsciente— hemos creado y que nos mantienen unidos, precisamente, a la persona que nos lastimó. Es importante conseguir que el pensamiento deje de girar en torno al padecimiento sufrido tratando de imaginar formas de compensar el agravio… De lo contrario, seguiremos atrapados alimentando el odio hasta que termine por devorarnos.

Dejar de ser un “prisionero envenenado” requiere coraje y valentía, pero sobre todo, aprender a perdonar para saborear libremente la vida dejando que el resentimiento se escape.

Ahora, decides tú… ¿Te atreves a dejarle ir?


sábado, 2 de diciembre de 2017

La fortaleza

Debo admitir que me apasiona observar esos majestuosos y sólidos castillos medievales repartidos por toda nuestra geografía. Sí, aquellos que parecen sacados de alguna leyenda, con sus murallas, sus almenas, sus fosos, sus torreones. Construidos hace siglos con materiales tan poco sofisticados y tan frágiles, aparentemente, como el barro o el adobe. Y, sin embargo, han sido poderosos fortines capaces de soportar el paso del tiempo y sus inclemencias, el ataque de feroces enemigos o la dejadez de sus habitantes. Aunque, para ser justos, reconozco también que, a veces, parte de estas fortalezas se derrumban. Tal vez por todo ello, me recuerden a los seres humanos.

Estoy convencida de que te habrás encontrado con gente parecida, en cierto modo, a estos castillos de los que hablo; o quizás tú mismo/a te descubras en esta comparativa. Me estoy refiriendo a personas que normalmente se muestran fuertes, seguras, muy decididas y capaces; pero reacias a admitir su vulnerabilidad y necesidad de ayuda en determinados momentos de sus vidas. Es cierto que en ocasiones puede no resultar fácil admitir las propias fallas, áreas de mejora o fisuras, pero eso no quita que constantemente aparezcan y ocurra que, bien por “ceguera”  o bien por miedo a ser conscientes de nuestras carencias, nivel de destreza y determinación en diferentes ámbitos y situaciones, evitemos pedir ayuda cuando sea necesario. Tal comportamiento, además de incidir negativamente en un adecuado desempeño, puede perjudicar la salud psicológica, emocional o social, provocando que alguna de las “murallas” que nos protegen, finalmente cedan y caigan. La razón que se esconde tras esta resistencia es que confundimos ser débiles con ser vulnerables, y hay una gran diferencia: La debilidad se define como una falta de fortaleza o voluntad; en cambio, la vulnerabilidad es la aceptación de que no somos invencibles pero que contamos con recursos internos y externos para hacer frente a los acontecimientos. O aprendemos a desarrollarlos. Quizás… con ayuda.

Por lo tanto, si queremos mantener en pie la “estructura”, y no solo eso, sino seguir añadiendo nuevas estancias que nos conviertan en un firme “alcázar” deberemos fijar unos buenos cimientos en forma de valores, aplicar un mantenimiento y revisión periódica a través del autoconocimiento constante y —cómo no— aprender a detectar cuando es preciso contar con alguien más para reparar “ciertas grietas”, actuando en consecuencia.

Es importante señalar que, a veces,  la ayuda simplemente puede ser recibir unas palabras de ánimo, de aliento… Un abrazo, una conversación o un gesto amable que nos sostenga. “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” decía el matemático y físico griego, Arquímedes de Siracusa.


Busca un punto de apoyo y moverás tu mundo. ¿Has pensado ya quién puede ser el tuyo?




jueves, 9 de noviembre de 2017

Atención, Atención

Suena el teléfono, cuelgas y tienes ya dos llamadas perdidas. Te llegan ciento cuarenta y siete wasaps de un grupo. Acabas de recibir diez correos electrónicos, mientras consultabas las últimas noticias, la previsión meteorológica y verificabas las cinco notificaciones de Facebook  justo antes de comenzar una reunión.  Tienes la televisión encendida y tratas de hojear el último libro que te has comprado a la vez que piensas lo que vas a preparar de comer, respondes a lo que acaba de preguntarte tu pareja, tu hijo o tu madre y oyes el timbre de la puerta. ¿Y todavía te extrañas de tu falta de concentración?
Todas estas situaciones no son más que un pequeño ejemplo de la gran cantidad de esfuerzo diario que debemos realizar para repartir nuestra capacidad de atención. Las nuevas tecnologías nos han proporcionado grandes y numerosos avances pero, como contrapartida, son un elemento más que entra a competir por robarnos la atención. Sin duda, la atención es un recurso tan valioso como escaso dada la cantidad de estímulos que nos bombardean a diario. Sin ella difícilmente podremos realizar un verdadero aprendizaje o centrarnos en un objetivo o, ser conscientes de cómo nos sentimos. Y este es un punto importante, de modo que si perdemos la propia autoconsciencia iremos con el piloto automático, o peor, como barco sin timón. Si no prestamos atención a las señales corporales, es posible que cuando queramos darnos cuenta, ya tengamos un problema grave, físico o psicológico. Si no prestamos atención a las señales sociales e interpersonales, con toda seguridad acabaremos dañándolas o tal vez, incluso, rompiéndolas.  Y si no prestamos suficiente atención a la vida, probablemente pase por delante de nuestros ojos y para cuando decidamos abrirlos sea demasiado tarde.
Afortunadamente, la capacidad atencional podemos entrenarla, mejorarla y fortalecerla para evitar así que nos la “roben” por las buenas. Técnicas como Mindfulness o la Meditación guiada nos pueden facilitar su manejo,  nos ayudarán a impedir que nos perdamos entre “cantos de sirenas” y naveguemos sin sentido durante horas en un mar de pensamientos embravecidos. Saber dirigirla nos convertirá en  “capitanes del navío”.
En el caso de que quieras empezar cuanto antes y no sepas por dónde, comienza por observar tu respiración: ¿Es profunda o superficial? ¿Lenta o agitada? ¿Notas cómo cambia ante una emoción? Cuando te sientes estresado/a ¿Cómo es? Experimenta.
Regálate momentos atentos, de eso está hecha la vida y la llegada al nuevo mundo… se inicia con una primera respiración.

Y tú, ¿tripulas tu barco hacia el faro o te pierdes contando las olas?


jueves, 2 de noviembre de 2017

Del grano a la montaña

¿Has pensado alguna vez cuantos granos de arena se necesitarían para formar una montaña? Al ser humano, a veces, con uno sólo le basta. Hay ocasiones en las que un incidente, conversación, pensamiento o suposición es capaz de generar un incómodo malestar y provocar, incluso, un considerable sufrimiento… Y aún más, puede desatar la imaginación sobre consecuencias negativas del mismo, ocasionando desazón por algo que aún no ha ocurrido y que tal vez, ni siquiera ocurra, o no de esa forma. ¿Exagero?

A pesar de su apariencia ilógica, este tipo de actuaciones parece tener alguna finalidad, por lo que cabe plantearse una serie de cuestiones: ¿Cuál es el objetivo de este desasosiego? ¿Realmente nos ayuda a prepararnos ante el futuro suceso?  ¿Qué hay entre el hecho real y sus efectos? Vayamos por partes. En primer lugar, y por cuestiones de supervivencia, nuestro cerebro busca seguridad, tener el control de la situación. Para ello, tratará de anticipar respuestas a eventos que, entendemos, puedan atentar contra nuestra integridad física y/o emocional, y su forma de movilizar para la acción es producir la suficiente “molestia” como para ponernos en marcha y cambiar el rumbo. Esto se complica cuando en lugar de tomar la acción oportuna y adecuada —si fuese el caso— bien porque no sabemos cómo actuar, tememos hacerlo o bien porque no depende de nosotros, optamos por mantener el supuesto problema en un plano puramente mental. El resultado de esta falta de acción es lo que puede llevarnos a “rumiar” una y otra vez pequeños detalles haciendo que centremos en ellos gran parte de nuestra atención; lo que a su vez les irá dotando de mayor importancia y espacio a nivel cognitivo. Si además es algo sobre lo que no tenemos experiencia previa, le sumaremos el temor a lo desconocido. En este punto es dónde cobra especial relevancia la respuesta a la última pregunta: Entre el acontecimiento y su repercusión se encuentra la propia interpretación de lo que nos sucede, y dependiendo de cómo sea emitiremos una respuesta ajustada a la magnitud del hecho o una reacción inefectiva y desproporcionada presente y futura. Por lo tanto, es crucial que nos detengamos a analizar dicha interpretación, el estado emocional en el que nos encontramos y si caben otras posibilidades o perspectivas más favorables; teniendo en cuenta los hechos, observándolos de forma más objetiva y con la distancia necesaria. Esta manera de proceder nos ahorrará quebraderos de cabeza inútiles, tiempo de vida y recursos personales que sin duda serán más productivos si aprendemos a optimizarlos otorgando a cada acontecimiento la importancia que merece en su justa medida, tomando las acciones oportunas cuando sea necesario o “limpiando nuestras gafas” de contemplar realidades. De lo contrario, vivir puede convertirse en toda una intransitable sucesión de cordilleras “granuladas”.

Piensa, ¿qué sueles encontrar en tu travesía?